23 feb. 2011

Lo excepcional hecho norma


ROSMERY CÓRDOVA / ÁNGEL SAN EMETERIO. Roma


Doce de enero de dos mil once; nos encontramos todos ansiosos por subir ya al avión. Son las tres de la tarde y entre llantos, sonrisas y ataques de ansiedad subimos la pasarela del avión. Despegue. Todos estamos rotos por la emoción, hasta tal punto que en pocos minutos dejamos España atrás. Comenzamos un viaje pues, por encima del calmado Mar Mediterráneo. Para algunos, este es su primer vuelo, para otros no.

Tras tres inmensas horas de travesía, comenzamos a ver tierra. Las turbulencias han sido la diversión de este monótono viaje. Allá a lo lejos, contemplamos el Coliseo, iluminado.


"En Roma todo te llama la atención"

Llegamos al aeropuerto de Ciampino; allí nos espera un autobús que nos llevará a Termini. Una vez aquí, cogemos, por primera vez, el metro romano. Todo te llama la atención, observas Roma con el corazón. Última parada: Cipro. De aquí salimos hacia nuestra residencia. Todos llegábamos con una ilusión: COTILLEAR. Nos llevamos la alegría más grande del mundo ¡eran apartamentos!

Bueno, dejando mis pensamientos atrás, contemos el primer día:

Nos levantamos temprano. Desayunamos. Con las mismas hacia las habitaciones, nos esperaba un día muy largo. Primera parada; el increíble Coliseo. Nunca habíamos visto tal magnífica obra arquitectónica. El Coliseo, tanto por fuera, como por dentro es lo más majestuoso que nadie pueda ver. Se puede describir con una sola palabra: MARAVILLA.

Por la tarde visitaríamos todas las plazas: Popolo, Trevi, Spagna. También el Quirinale y el Foro, que al igual que el Coliseo es magnífico.

Segundo día:

Nos levantamos prontísimo, desayunamos y rápidamente al autobús. Hoy toca Pompeya, la ciudad fantasma. Tres horas y media nos separan de la ciudad, pero cuando vamos llegando contemplamos el volcán que arrasó la vida de miles de personas. El Vesubio era impactante, gigante, imponía. Pompeya no es una ciudad corriente, es mágica. Si te fijas, puedes llegar a imaginar como vivían antiguamente los romanos. Es una cosa muy difícil de explicar.

Tercer día:

El Vaticano nos espera. Muchos de nosotros, sinceramente, no queríamos haber pisado aquel sitio, pero su excelente belleza te abruma. Cuando observas aquello tan maravilloso te quedas petrificado. Después de habernos maravillado con aquella obra de arquitectura, fuimos a ver el Castillo de San Ángel: la cárcel papal. Terminamos nuestro día comiendo pasta y visitando el Panteón, la Piazza Navona y los puentes Milvio y el conocido como Puente de los Candados, en el que las parejas muestran su amor poniendo candados con sus fechas de comienzo de relación.

Último día:

Nada más levantarnos corremos a Cipro, cogemos el metro en dirección Termini, es decir, deshicimos el camino que nos llevó al paraíso romano y al mejor viaje que haya podido hacer. No os lo penséis y viajad a Roma es una obra de arte magnífica sobre la faz de la tierra.







Imágenes: Rosmery Córdova, Ángel San Emeterio

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